Tropa de élite, el policía antihéroe de José Padilha

Junio 20th, 2009 a las 2:21 am por Angel

 

Tropa de élite ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2008, pero tal éxito no impidió que esta magnífica película brasileña pasara bastante desapercibida en España. Ausente de la mayoría de las listas que los críticos y medios especializados de nuestro país suelen dedicar a lo mejor del año, la industria de Hollywood, en cambio, ya se ha fijado en su director y coguionista, José Padilha, quien ya prepara para Universal The Sigma Protocol, basada en una novela del autor de la saga Bourne, Robert Ludlum.

El efecto que causó Tropa de élite sobre el jurado del festival de Berlín no es nada si lo comparamos con el impacto sociológico que provocó en Brasil, donde se vendieron, aproximadamente, 11 millones de copias piratas del film antes de su estreno, en una versión que ni siquiera era el montaje definitivo. Para los brasileños supuso la oportunidad de ver en una película las temidas y violentas actividades del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales), bien conocidas por los habitantes de las favelas. Unas actividades que, según muestra el film, incluyen el asesinato indiscriminado y la tortura. Y el protagonista es uno de estos policías, el capitán Nascimento, encargado de “limpiar” las favelas de narcotraficantes ante la inminente visita del Papa a Río de Janeiro.

En Ciudad de Dios, dirigida por Fernando Meirelles en 2002, ya se ofrecía una visión muy dura del mundo de las favelas, centrándose en las bandas criminales, un poco al estilo del Martin Scorsese de Uno de los nuestros. Sin embargo, en Tropa de élite el foco de atención se dirige hacia los que han de luchar contra ellas, la autoridad. Y el resultado, a través de la arrolladora energía visual que demuestra Padilha (las secuencias de las incursiones del BOPE y sus tiroteos con los narcos se cuentan entre lo mejor del cine de acción de los últimos tiempos), es mucho más descorazonador que en el caso de Ciudad de Dios. Porque Tropa de élite nos enseña que los métodos utilizados por los representantes de la ley son tan o más despiadados que los empleados por los delincuentes.

Pero la valentía de Padilla y sus guionistas, Braulio Montalvi (escritor de Ciudad de Dios) y Rodrigo Pimentel (coautor junto a Andre Batista y Luiz Eduardo Soares del libro en el que se basa el film, Elite da tropa), no sólo reside en mostrar abiertamente la brutalidad policial, en lo que representa una denuncia que entronca con la tradición del mejor cine negro clásico (una denuncia no sólo contra la policía y sus corruptas autoridades, por cierto, sino también contra la actitud hipócrita de los jóvenes acomodados de Río). Lo más inquietante para el espectador de Tropa de élite es que, con un realismo descarnado, presencia todos estos hechos desde el punto de vista del policía protagonista.

La teoría del guión clásico denomina héroe al protagonista de una película, el personaje que tiene un objetivo que cumplir y cuya motivación impulsa narrativamente todo el relato (Christopher Vogler lo explicó y analizó en su estudio clásico El viaje del escritor). La cuestión es que en Tropa de élite este protagonista, interpretado soberbiamente por Wagner Moura, tiene muy poco de héroe. De hecho, es un antihéroe en toda regla. ¿De qué otra forma se puede llamar, si no, a alguien que, como un auténtico psicópata, no duda en ejecutar y torturar fríamente a quien considere sospechoso con tal de cumplir las misiones que se le encomiendan?

El cine y la televisión nos han habituado a seguir una historia a través de personajes que podríamos calificar de negativos. A bote pronto, podemos recordar el Ethan Edwards de Centauros del desierto, el Michael Corleone de la saga de El Padrino, el Tony Soprano de Los Soprano o el Vic Mackey de The Shield. Pero lo interesante de Tropa de élite es que va unos cuantos pasos más allá. Padilha adopta el punto de vista de su protagonista, el capitán Nascimento, en estricta primera persona, de manera que la identificación del espectador con él es directa. Quiera o no, el espectador vive la película “metido” en la cabeza de Nascimento (o sufre, según como se mire), escuchando periódicamente sus pensamientos y reflexiones en forma de monólogos interiores, que ayudan al desarrollo de la acción, pero que, sobre todo, acaban por trazar un retrato psicológico de este policía (la película recuerda un poco, en este sentido, a Taxi driver, el clásico de Scorsese escrito por Paul Schrader).

De esta forma descubrimos a un Nascimento que, a pesar de su manifiesta brutalidad,  a pesar de la profunda antipatía y del miedo que despierta, tiene una vertiente humana con la que es fácil identificarse: está casado, su mujer espera un bebé y su trabajo le ha llevado al límite de su resistencia moral y psicológica. La gran diferencia con cualquier otro trabajador es que su rutina laboral incluye el asesinato y la tortura bajo el amparo de la ley (no la corrupción: su código moral se lo impide). Y aunque a él le parece bien su labor de policía-ejecutor, el estrés al que se ve sometido le está haciendo perder el control de su vida personal y profesional (es importante resaltar que dos de los autores del libro en el que se basa el film, Batista y Pimentel, también coguionista, son miembros del BOPE, el cuerpo de élite que retrata la película).

Para corregir el rumbo de su vida y dedicarse a su familia, Nascimento decide que ha de abandonar el cuerpo. Pero para ello, se ve obligado a encontrar un sustituto. Y hasta que no lo consiga, no puede irse. Y encontrarlo implica también adiestrarle y entrenarle para que sea tan brutal e implacable como él. En definitiva, ha de “fabricar” otro asesino “legal”.  Siguiendo esta premisa, la coherencia de la película es absoluta. Así, después de un clímax escalofriante, Tropa de élite no se alarga ni un segundo más, y acaba cuando la lógica interna de la historia lo exige, en una rotunda y valiente muestra de rigor narrativo que resulta extremadamente incómodo y turbador para el espectador. Pero el cine no es para reconfortar. El cine (al menos, en mi opinión) es para contar historias. Y contarlas bien.

Y otra historia que, como director y guionista, Padilha cuenta muy bien es la de su película anterior, el documental de 2002 titulado Bus 174 (inédito en España tanto en cine como en DVD, pero muy fácil de encontrar en tiendas de internet). Se trata de otra contundente andanada a las fuerzas del orden y, por extensión, a toda la sociedad brasileña. A partir de las imágenes de la toma de rehenes que un hombre armado, Sandro Di Nascimento, perpetró sin motivo aparente en un autobús de Río de Janeiro, y que se ofrecieron en directo por las cadenas televisivas brasileñas, Padilha construye un thriller en formato de relato periodístico. Pero un relato periodístico de verdad. Es decir, que tras una meticulosa investigación, nos descubre una realidad, nos la explica y nos ayuda a comprenderla para que nosotros solos saquemos nuestras conclusiones.

Alternando las imágenes de la retransmisión televisiva (las cámaras se encontraban muy cerca del autobús) con las declaraciones de diferentes testimonios, Padilha va revelando el origen del secuestrador, y con ello, la demoledora realidad que se sufre en Río: Sandro había sido un niño que vivía en la calle y que sobrevivió a una matanza cometida por policías años atrás. Por lo tanto, el secuestro deja de ser un incidente aislado, causado en principio por un simple perturbado, para convertirse en el doloroso reflejo de una sociedad marcada a fuego por la violencia y la injusticia.

Bus 174 es el complemento imprescindible de Tropa de élite. Ambas películas conforman un díptico muy coherente. La coincidencia entre los apellidos de sus protagonistas, uno real y otro ficticio, no es casual: la tragedia de Sandro Di Nascimento en Bus 174 podría ser, perfectamente, una consecuencia de las batidas salvajes de un policía como el capitán Nascimento en Tropa de élite.

TRAILER DE TROPA DE ÉLITE

 FRAGMENTO DE BUS 174

 

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